Por FRANCISCO LOZANO ALCOBENDAS
Oslo
El 4 de Julio de 2006 llegamos a Oslo. Teníamos reservado un coche de
alquiler en el aeropuerto con Europcar, y nos entregaron un Nissan Micra
(inadecuado para un largo recorrido por el país... y raro, muy raro).
Con él nos dirigimos al Grand Hotel, situado junto al Parlamento,
en el mismo centro de la ciudad. El hotel estaba lleno y, después de
haber pasado un buen rato en el garaje intentando,
con la amable colaboración del botones y el encargado, abrir el
maletero del Nissan para sacar el equipaje (cosa que al final logramos),
nos dieron una habitación para minusválidos. Aclaración para el lector:
el paso del tiempo nos ha deteriorado bastante, pero no lo suficiente
como para alcanzar la categoría de minusválidos.
El baño adaptado para minusválidos resultaba un poco incómodo.
Dedicamos el día siguiente a recorrer Oslo (ciudad pequeña, tranquila y
sin demasiada historia) a pie.
El día 6 de Julio, después de haber pagado 550 coronas (69 €) por dos
días de parking (me refiero al parking del coche, no al nuestro -que lo
teníamos pagado de antemano-), descubrimos que el Nissan arranca sin
llave de contacto y que tiene roto el sistema de apertura del maletero.
El segundo descubrimiento nos preocupa más que el primero, porque
tenemos las maletas dentro y no sabemos cuándo podremos sacarlas.
Durante todo el día, viajamos hacia Bergen atravesando el país de Este a
Oeste. El maletero sigue cerrado como una ostra.
Bergen
Hay una oficina de Europcar en el aeropuerto de Bergen, y hacia allí nos
dirigimos con la esperanza de que aún esté abierta. Lo está. El empleado
nos dice que no tiene ningún coche disponible, pero que volvamos mañana,
que hablará con su "boss" y verá si nos lo pueden cambiar. Hemos
conseguido sacar las maletas y las hemos colocado en el asiento trasero
para no tener problemas al llegar al hotel.
La habitación que nos dan en el First Marin de Bergen es cómoda y
agradable. Esta vez no es para minusválidos. Después de dejar el coche
en un parking cercano, paseamos por Bryggen, la pintoresca orilla
oriental del antiguo puerto de Bergen, y cenamos en una terraza junto a
los muelles. Por fin estamos disfrutando del viaje. Mientras cenamos
(recordemos: julio + hemisferio Norte = pleno verano) encienden la
calefacción eléctrica de la terraza.
Al día siguiente, desayuno a base de pescado en el buffet del First.
Mientras recolectas el salmón, los arenques y el atún, luchas por
despegarte del suelo, al que te quedas adherido debido a los residuos de tiempos pasados que en él se acumulan. Noruega,
ciertamente, no resistiría la prueba del algodón (después de tres días
en el país, me creo en condiciones de asegurarlo).
Después de desayunar, visitamos el Mercado del Pescado, uno de los pocos
lugares de Noruega en que no es necesario hablar inglés (merced a los
numerosos estudiantes españoles y latinoamericanos que allí se ganan
unas coronas). Después recorremos de nuevo Bryggen hasta llegar a Bergenhus Festning, la fortaleza que antiguamente defendía el puerto.
Allí visitamos el Hakonshallen, del que dicen que es el edificio gótico
más bello de Noruega. Bonito es, sin duda. Construido en el siglo XIII,
fue restaurado a finales del XIX y nuevamente en el XX, después de haber
sufrido graves daños a consecuencia de la explosión de un barco alemán
en 1944.
Más tarde, vamos al aeropuerto a que nos cambien el Nissan por un coche
con maletero practicable. Allí nos encontramos con el "boss" en persona,
que resulta ser una mujer (rubia, por supuesto). La "boss" nos dice que
no tiene coches disponibles, y nos propone que llevemos el coche a un
taller. No doy crédito a lo que estoy oyendo y me lo hago repetir.
Efectivamente, había entendido bien (¿¿¿¥щЖļ!!!).
Como no nos ve muy dispuestos a emplear la mayor parte de lo que queda
de día en reparar su coche, la "boss" descuelga el teléfono y
habla con la oficina que Europcar tiene en el centro de Bergen, para, a
continuación, decirnos que allí tienen un coche listo para nosotros.
Allá vamos. En la oficina, nos recibe un chino ("¿Que les han dicho en
la oficina del aeropuerto que aquí les cambiábamos el coche? Bueno,
vuelvan a aeropuerto... ¡Eh, que es broma!"). Después de un rato de
espera, amenizado por las bromas del chino, nos cambian el Nissan por un
Volkswagen Polo.
Llevamos el Polo al parking y, después de una comida rápida, nos
encaminamos a la iglesia románico-normanda de María (Mariakirken).
Cuando llegamos, la empleada de la puerta nos dice que quedan tres
minutos para cerrar y nos deja entrar sin pagar. Con los tres minutos
tenemos suficiente para ver la iglesia por dentro, porque lo realmente
interesante es el exterior.
Luego, entramos en el Bryggens Museet, levantado para acoger los restos
de antiguas casas del puerto, y, bajo la lluvia (que nos acompañará el
resto del día), recorremos la ciudad, más allá de Bryggens.
Finalmente, antes de cenar en el Big Horn Steak House que tenemos
justo frente a la ventana de nuestra habitación, compramos algunos
regalos en un establecimiento sito en una de las casas de madera del
puerto viejo.
Sognefjiorden
El 8 de Julio salimos de Bergen hacia Voss, con el propósito de continuar hasta Myrdal para tomar allí el famoso tren Flamsbana y
disfrutar su recorrido de alta montaña. Pero la información de que disponemos es incorrecta: no muy lejos de
Myrdal nos indican que es imposible llegar hasta allí por carretera. En
consecuencia, decidimos:
1. Volver por donde hemos
venido (¡qué remedio!).
2. Comprarnos un buen mapa
de carreteras.
3. Renunciar al Flamsbana (dado lo avanzado de la hora) y encaminarnos directamente a Gudvangen para tomar el ferry hasta Kaupanger a través del
Sognefjorden.
4. Considerar la posibilidad de viajar "en grupo" cuando seamos mayores, para evitar
inconvenientes como el que acabamos de sufrir.
Después de recorrer el fiordo en el ferry continuamos por carretera hacia Loen, donde pasaremos la
noche. De camino hacia esta localidad vemos, no lejos de la carretera,
un glaciar. Nos desviamos por un camino de tierra, aparcamos el coche
cuando no podemos continuar con él y caminamos, bajo la lluvia, hasta el
pie del glaciar. El panorama es impresionante: arriba, la lengua azul
del glaciar; ante nosotros, la laguna formada por las aguas procedentes
del deshielo; alrededor, montañas y torrentes. Y ni un ser humano a la
vista. No tenemos más remedio que descartar la decisión número cuatro de
la que dejé constancia seis líneas más arriba.
Loen no es mas que un puñado de casas al fondo de un fiordo. No queremos cenar en el hotel, y
en Loen no hay ningún otro sitio para hacerlo, así que cogemos de nuevo
el coche y continuamos hasta la cercana Stryn. Allí no hay extranjeros a
la vista, y tampoco se ven muchos sitios para cenar. El que nos parece más prometedor
tiene un bonito cartel en que se anuncia como restaurante y una terraza
entoldada semivacía. Un empleado nos indica que en la terraza no se sirven cenas, y nos invita amablemente a que
pasemos al interior. Lo hacemos, y nos encontramos en un pub abarrotado
de lugareños que beben cerveza, en medio de un intenso
olor a sudor, mientras ven el partido de la jornada del
campeonato mundial de fútbol. Pero, afortunadamente, no es ahí
donde van a servirnos la cena. Continuamos hasta una sala desangelada y
vacía, amueblada con mesas, sillas y un mostrador de autoservicio... en
él sólo hay dos o tres mustios bocadillos envueltos en plástico y un
cartel que anuncia pizzas. Desde este "comedor" se accede, mediante unas
puertas abatibles, a un recinto en el que hay música en directo (es
sábado). Nos zampamos un par de pizzas, qué remedio. Supongo que los
bebedores de cerveza y los de la fiebre del sábado noche habrán
cenado en sus casas.
Geiranger
Al día siguiente, después
de desayunar, nos metemos en el coche para viajar hasta Hellesylt. Allí
tomamos el ferry que va a llevarnos a Geiranger, después de una hora de
navegación por el hermoso fiordo homónimo.
Después de desembarcar,
tomamos una carretera de montaña en dirección Norte, y, tras otro
trayecto en ferry (esta vez más breve) llegamos a una zona de
impresionantes paisajes desolados para, finalmente, bajar por la Trollstigen o "ruta de los trolls", que serpentea en torno a una
enorme cascada por la que se despeñan las aguas procedentes del
deshielo.
Alesund
Todavía sobrecogidos por
los impresionantes paisajes que hemos contemplado, llegamos a Alesund,
ciudad que, como Estocolmo, ha sido construida sobre un conjunto de
islas. Es temprano, y decidimos llegarnos a la cercana Giske, una pequeña isla
a la que se accede a través de un túnel submarino de peaje y un puente. Giske, pequeña, rural y llana, deja que contemplemos sus casas alineadas a lo largo de los
desiertos viales que la atraviesan y su iglesia del siglo XIII,
sorprendentemente pintada de blanco. Regresamos a Alesund,
aparcamos el coche y salimos a cenar. En las calles del centro, nos
cruzamos con sucesivas oleadas de seguidores del equipo local de fútbol,
todos uniformados con camisetas de color naranja. Por las caras que
traen, parece que su equipo ha perdido; pero, tratándose de noruegos, no
me atrevería a apostar.Bueno, parece que para la
cena sólo hay dos posibilidades: Peppe's Pizza o McDonalds. Si se puede
elegir, preferimos la comida rápida "noruega" a la americana, así que
nos decantamos por la primera opción. Nos sentamos a la mesa y hacemos
nuestro pedido. Nos llevan las cervezas. Media hora después, nos
levantamos de la mesa para buscar a la camarera (que no parece tener la
menor intención de hacerse visible para nosotros) y le preguntamos por
el pedido. "It's coming", contesta. Pasa otro cuarto de hora sin que
haya hecho acto de presencia. El restaurante, o, mejor dicho, el sector
de él que vemos desde nuestra mesa, se ha quedado casi vacío. Nos
levantamos y vamos a ver qué ocurre... y encontramos una fila de
nativos, delante del mostrador que hay a la entrada, esperando sus
pizzas para llevar. Es domingo, y hoy se juega la final del campeonato
mundial de fútbol. Podríamos haber estado esperando toda la noche,
porque, como es evidente, primero van los clientes habituales...Lo más sorprendente es
que, al preguntar mi mujer cuánto valen las cervezas (para pagarlas
antes de marcharnos), la camarera le responde... que espere. Pero no
estamos muy dispuestos a esperar, porque nuestro cupo diario de paciencia se ha agotado.
Al darse cuenta de ello, la camarera nos dice que no debemos nada, que "it's
all right". Salimos del local en medio de las miradas de asombro
de los parroquianos que esperan sus pizzas, a quienes nuestro
comportamiento debe de haberles parecido demasiado mediterráneo, y acabamos cenando en un McDonalds
vacío atendido por una empleada que tiene prisa por cerrar. Y llegamos a
tiempo de ver el final de la prórroga y las tandas de penaltis en
nuestra habitación del hotel.
Trondheim
Al día siguiente viajamos
hasta Trondheim, que es una bonita ciudad con una catedral gótica, casas
de madera (palafitos) en ambas orillas del río Nidelva, una fortaleza (Kristiansen
Festning) desde la que se ve toda la ciudad y animadas calles en el
centro urbano. La ventana de la
habitación de nuestro hotel, el Clarion Grand Olav (4 estrellas),
da al interior de un centro comercial. El hotel está en proceso de
remodelación, y el desayuno se sirve junto al mostrador de recepción. En
fin, creo que a estas alturas del relato debe de haber quedado claro que la hostelería no es el punto fuerte de Noruega.
Roros
El 12 de Julio continuamos
viaje hasta Roros, antigua localidad minera. Llegamos a mediodía. En el Hotel Bergstadens nos dicen que la habitación no está preparada, que lo estará sobre las 3. Eso sí, nos permiten dejar el equipaje en el
guardarropa. Roros es un pequeño pueblo, que se levanta en torno a dos
calles y una iglesia, así que nos vamos a visitar la antigua mina, que
está a 13 km. Allí nos dicen que tenemos casi una hora de espera hasta
el comienzo de la próxima visita guiada. Tenemos tiempo de comer
algo, y con esa intención vamos al kafe, que es el lugar donde se
concentran los que esperan para visitar la mina. Pero lo único que hay
de comer en el kafe son una especie de crêpes sin relleno de
aspecto nada apetecible, y decidimos conformarnos con un café (???) de
puchero. Luego hacemos la visita
guiada en inglés, acompañados sólo de una familia alemana y, por
supuesto, de la simpática guía local (la visita guiada en noruego, en
cambio, está muy concurrida). Los
paisajes de la comarca minera son impresionantes. De vuelta en Roros,
paseamos de nuevo por el pueblo, vamos de compras al centro comercial y,
finalmente, cenamos en el restaurante del Hotel Bergstadens. La
carta está únicamente en noruego, y, tras intentar (con escaso éxito)
que la camarera nos explique en qué consisten algunos de los platos, nos
decidimos por el snitzel y el burrito. Y... ¡sorpresa! El burrito que trae la camarera consiste en vegetales y trozos de
pollo hervido colocados sobre una tortilla mejicana. Sin aliñar. Para llegar a nuestra
habitación tenemos que subir un tramo de escaleras cargando con el
equipaje (no hay ascensor). Pero pensamos que hemos tenido suerte,
porque nos ha tocado la primera planta.
Lillehammer
La última etapa de nuestro
viaje es Lillehammer, pequeña ciudad conocida porque en ella se
celebraron los Juegos Olímpicos de Invierno de 1994. No vamos
directamente hasta allí, sino que damos un rodeo para recorrer la ruta
llamada Peer Gyntveien, una carretera sin asfaltar que atraviesa
un paisaje alpino salpicado de casas de veraneo. Llegamos a Lillehammer
a más de las cuatro, y, sin pasar por el hotel, nos encaminamos al
parque Maihaugen, donde se encuentra el museo al aire libre formado por edificios antiguos que han sido trasladados y reconstruidos aquí y
albergan mobiliario y enseres domésticos de la época. Entre estos
edificios destaca la iglesia de madera de Garmo, cuyo origen se remonta
a los siglos XI y XII, y cuya historia nos explica exhaustivamente, en
inglés, una chica con aire de iluminada, vestida de época, que parece
disfrutar con su trabajo. Salimos de Maihaugen y nos
dirigimos al hotel, que está casi al lado. En el hotel, el Radisson
SAS, nos dan una habitación en la última planta. El ascensor sólo
llega hasta la penúltima, así que también aquí tenemos que subir un
tramo de escaleras cargando con el equipaje. Bueno, ya estamos
acostumbrados.
Y luego bajamos a la
ciudad, que parece tener una sola calle principal, cuyo tramo central
está reservado a los peatones. Buscamos dónde cenar y el lugar más
prometedor que vemos lleva el nombre de Peppe's Pizza. Entramos,
y nos atiende una chica amable y eficaz, que nos permite disfrutar de la
cena y regresar al hotel con tiempo suficiente para dormir algo antes de
viajar al aeropuerto de Oslo y tomar el avión de vuelta.
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Relato de un viaje a Noruega. |